DE LAS CARTAS DE PADRE PÍO: FIDELIDAD EN EL AMOR

DE LAS CARTAS DE PADRE PÍO: FIDELIDAD EN EL AMOR

Escrito por: Fray Guillermo Trauba OFMCap.

Estimados Amigos de Padre Pío,
¡Paz y bien!
La vida es rápida y a veces confusa con tanta insistencia y opciones que nos presenta. Es fácil dejarse llevar por los impulsos de la frustración al no saber precisamente la mejor opción. En el momento, las exigencias nublan nuestras metas y comprometen nuestras valores resultando en decisiones precipitadas y equivocadas. ¿Qué hacer para no perder el enfoque en las metas más importantes en nuestra vida, las metas que residen y emanan desde el fondo de nuestra alma?
Padre Pío practicaba mucha disciplina y austeridad en su vida precisamente para salvaguardar la prioridad de las metas en su vida que le indicaba Dios, su meta primordial. Venga lo que venga, Padre Pío quería mantener su relación con Dios vigente e intacta. El medio principal que usaba era obedecer. Esta obediencia a Dios le fue comunicada y plasmada por medio de autoridades subsidiarias, como son la Iglesia y su doctrina, la voz de Dios por medio de sus superiores, y la fidelidad a su propia consciencia. Con su experiencia en esta área de integridad de corazón pudo comunicar consejos acertados a sus dirigidos y dirigidas en cómo proceder en momentos de confusión sin perder su libertad como hijos e hijas de Dios. Un consejo sobre este tema se encuentra en su carta a un hijo espiritual, Luis Bozzuto, escrito el 25 de noviembre de 1917. El Padre Pío le dice:

La primera y principal máxima que debes grabar en tu mente es ésta: obediencia y siempre obediencia, y a ella someterte enteramente. Por tanto, en tus actuaciones tú no debes racionar; y, ante cualquier duda que te asalte, sigue adelante sin angustiarte, y aleja todo apoyándote en la santa obediencia. Jesús estará siempre contento de cualquier obra tuya. Evita sólo aquello que tú sabes claramente que es pecado. Sólo esto no cae bajo la obediencia. Y recuerda bien que yo he dicho que Jesús estará siempre contento de cualquier acción tuya porque, cuando tu voluntad habitual es la de agradar a Dios – y esta voluntad yo te he asegurado, y te aseguro ahora de nuevo que tú la tienes – cada acción le será grata, y a ti no debe importarte si tú no lo ves con tu inteligencia. Jesús mira tu voluntad, que es la de querer agradarle siempre. Por tanto, hijo mío, no te preocupes ante las dudas o los temores; que te sea suficiente saber, por la palabra de la autoridad, que Jesús está contento de tu acción. … Entonces, ningún temor en tus relaciones con Dios; resignación, paciencia y un día verás la luz completa e indefectible.

La reflexión continúa: Nuestro concepto de obediencia es frecuentemente negativo en que puede estar en contra de nuestro parecer o gusto. Nos cuesta someternos a una autoridad superior y permitir que esta autoridad nos eduque y forme nuestra consciencia. El egocentrismo esta al orden del día para la mayoría de las personas las cuales no ven para qué incomodarse por algo que no tiene para ellos un beneficio claro e inmediato. Además, resienten que alguien les diga cómo vivir o qué hacer. Quieren ser no solamente autónomos sino ademas independientes y autosuficientes; nada más piden poder controlar las circunstancias a su gusto. Además de dificultar hacer trabajo en equipo, el peligro con esta actitud es que lleva a una decisión que les separa de los demás y destruye el vínculo con otras personas. Al no saber que el amor engendra vida, la persona así se asfixia lentamente en la soledad.
No estamos convencidos que no podemos ser felices solos. O sea, pensamos que, si tengo todo lo que quiero, entonces seré feliz. ¡Esto es absolutamente falso! La felicidad es una percepción de un bien que uno ya tiene. El bien máximo que uno tiene es la vida. Nuestra vida existe debido a que Dios nos creó amándonos. Este amor es gratuito e incondicional de parte de Dios, pero condicionado por parte de nosotros. El amor implica un dar y un recibir; una comunicación con el otro. La consecuencia es que la persona no puede recibir el amor de Dios si no hay una receptividad. Esta receptividad ocurre cuando la persona ama a Dios y la presencia de Dios en la otra persona. Si no, uno se queda con el don de la vida sin saber cómo vivir.
Saber amar es saber vivir y saber vivir es felicidad. El objeto del amor en la otra persona es su dignidad humana o su racionalidad. Se llama la imagen de Cristo. Frecuentemente, la conducta de la persona nos distrae de su dignidad. Así, nos quedamos enganchados en peleas y angustias con la conducta de la persona y olvidamos mantenernos fieles a su dignidad como ser humano, como Jesús se mantiene fiel a nosotros. Como Jesús es paciente y perseverante en esperar nuestro crecimiento, así nos enseña a mantener una esperanza sostenida para el bien y crecimiento de mi prójimo. Aunque la persona que amo así con fidelidad no cambie, le doy mi testimonio de amor y dejo el cambio de su corazón en las manos misericordiosas de Dios.
El asunto apremiante es saber cómo amar, y esto es por la fidelidad. Participamos en este amor por la obediencia, o sea, por ser fieles a Dios y a la dignidad humana en cada persona. Vivir es saber amar y ser amado. La obediencia se expresa en una fidelidad que nos mantiene conectados en comunión con Dios, con mi hermano y hermana, y con toda la creación. Nadie es autosuficiente, nadie tiene toda la vida, solamente Dios.
En fin, la fidelidad viene de una intercomunicación de amor radicada en la naturaleza de la Santísima Trinidad. El patrón de la relacionalidad es universal y constitutivo de todo lo que existe. Conviene entonces, decidir participar en esta vida universal amando a Dios con todo nuestro ser y amándonos el uno al otro como Jesús nos enseñó. Hacemos esto obedeciéndolo con humildad, esperanza, y gratitud. Una paz profunda en el alma nos afirma haber alcanzado esta meta.
Tu hermano en Cristo Jesús,
Fray Guillermo Trauba, capuchino.

Agrega tu comentario